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No hay Consejo de Seguridad sin cooperación

Publicado: septiembre 27, 2012 en DESARROLLO

Por: Gonzalo Fanjul | 27 de septiembre de 2012

Mariano
Mariano Rajoy, con el matrimonio Obama en la recepción de la Asamblea General de la ONU. /SONIA N. HEBERT

Es una verdadera suerte que el Presidente Rajoy haya viajado esta semana a Nueva York y no la próxima, cuando los presupuestos generales para 2013 hayan quedado vistos para sentencia. Cuando eso haya ocurrido, la principal baza de nuestra candidatura al Consejo de Seguridad de la ONU será el sentido del humor. Con una diplomacia a la defensiva y una capacidad militar discreta, el Gobierno está a punto de echar por el sumidero presupuestario una de sus verdaderas ventajas comparativas en el escenario global: la cooperación internacional.

De acuerdo con la información a la que ha tenido acceso este blog, los recursos de la Agencia Española de Cooperación (AECID) para 2013 podrían caer bastante por debajo de los 300 millones de euros, una tercera parte que en 2011. Y hay quien afirma que este sería el escenario positivo, porque los números pueden ser incluso peores. Para que se hagan una idea, esta cantidad permite pagar los gastos fijos, cumplir con los convenios ya firmados con las ONG… y poco más. El recorte supondría en la práctica abandonar una parte importante de los países en los que está presente España (o limitarse a financiar la Casa Gallega en cada uno de ellos), levantarse de influyentes iniciativas multilaterales como el Fondo Global contra el SIDA, la Malaria y la Tuberculosis, o dar la espalda a emergencias y conflictos internacionales que comprometen la solidaridad más básica de los españoles.

Precisamente el drama del Sahel, a cuya Reunión de Alto Nivel asistió ayer el Presidente- constituye un buen ejemplo del tipo de dilemas a los que nos enfrentamos. Sin quitarle importancia a nuestros problemas, estamos hablando de 18 millones de personas al borde de la muerte, incluyendo 4 millones de niños menores de cinco años. Y además se trata de uno de los polvorines regionales de nuestro planeta, a dos horas en avión de Madrid y en donde España tiene intereses estratégicos en materia de seguridad, energía o inmigración.

¿Con qué cuajo exigimos un asiento en el Consejo de Seguridad cuando ni siquiera somos capaces de sostener nuestro compromiso en esta región? Exactamente, ¿qué es lo que el Presidente va a decir en una reunión como la de Nueva York, en donde los verdaderos líderes globales toman decisiones a pesar de su situación interna (Reino Unido no ha reducido ni un penique de la ayuda en los tres últimos años)?

Tal como están las cosas, creo que el Gobierno tiene dos únicas opciones: la primera es establecer un suelo presupuestario que garantice el sostenimiento básico del sistema de ayuda y obtener resultados razonables en un número reducido de escenarios. Cualquier cifra por debajo de los 350-400 millones de euros para la AECID (los niveles de 2012, que ya se habían recortado salvajemente con respecto al año anterior) impediría esta opción.

La segunda –y no es una provocación, se lo aseguro- es cerrar el chiringuito: “amigos de la ONU, España tiene otras prioridades y se retira durante un tiempo de este juego”. Se acepta nuestro papel de potencia de quinta, se habla claro a la opinión pública, se reparten los funcionarios por otras mermadas oficinas ministeriales y se concentran las migajas que hayan quedado en una o dos causas que merezcan la pena (la crisis del Sahel, donde trabajan excelentes ONG españolas, es una de ellas). En otras palabras, nos convertimos todavía más en Grecia.

Es una derrota, pero al menos sabemos quiénes somos y no se sostiene insensatamente una estructura administrativa sin contenidos. Nadie, ni los ciudadanos españoles ni las víctimas de la pobreza en el exterior, se merece este despropósito.

Por: Autor invitado | 24 de enero de 2012

Esta entrada ha sido escrita por JAVIER PÉREZ, director del CIECODE y co-autor del informe Hacia un Libro Blanco de la política española de desarrollo.

Para alguna gente en nuestro país, el compromiso de España en la lucha contra la pobreza y el fomento del desarrollo internacional son “imperativos morales” de nuestra sociedad a los que nuestros Gobiernos deberían dar la máxima prioridad política. Pero muchas otras personas simplemente no comparten este punto de vista o, enfrentados con cuestiones más domésticas y mundanas, encuentran muy difícil priorizar estos objetivos en el ejercicio de sus responsabilidades cotidianas.

Los argumentos de solidaridad, repetidos como un mantra, llegan a quienes llegan y consiguen lo que consiguen. Lamentablemente ya conocemos cuál suele ser el desenlace de esta disyuntiva en nuestro país: la generalidad de las políticas públicas y prácticas privadas consideran el desarrollo internacional, a lo sumo, un bien deseable que nunca aparecerá entre sus prioridades estratégicas.

Esta semana se presenta un nuevo informe del CIECODE dirigido especialmente a ese público reacio al que aludía hace un momento. El informe plantea para ellos una hipótesis arriesgada: ¿y si la adopción de medidas políticas de las que podríamos denominar “justas” (por su impacto social, económico y/o medioambiental) resultara ser la forma más estratégica e inteligente de promover y defender los intereses particulares de nuestro país?

Algunos de ustedes ya habrán reconocido en todo esto el llamado “argumento del egoísmo inteligente”. Pues sí. Este informe lleva este argumento hasta sus últimas consecuencias: ¿existen en realidad este tipo de “círculos virtuosos de egoísmo inteligente” o son simplemente otra propuesta intelectual que se desmorona a la mínima que se intenta trasladar a la práctica?

Pues juzguen ustedes mismos, el informe está repleto de ejemplos para todos los gustos (fiscalidad, migraciones, política energética…):

– En los diez años anteriores a la imposición del embargo de armas a Libia por parte de NN.UU. (febrero de 2011), las empresas españolas exportaron armas a este país por valor de 15,1 millones de euros. El coste para España de los siete meses de operativo militar de la OTAN en Libia en 2011 fue seis veces mayor (85 millones de euros) que los ingresos obtenidos exportándoles armas. Es decir, la política española de exportación de armas no sólo consintió la venta de armas a la Libia de Gaddafi (que se podría haber evitado bajo la una estricta interpretación de la normativa española, por motivos de derechos humanos y seguridad internacional) para después participar en una coalición militar para derrocarle, ¡sino que además obtuvo con ello un saldo económico negativo! (saldo en el que los ingresos son privados pero los gastos son públicos, todo sea dicho).

– Un informe reciente ha demostrado que las “inversiones socialmente responsables” están obteniendo, de media, mejores resultados en el actual contexto de crisis que las inversiones “convencionales”. La promoción por parte de los poderes públicos de un “modelo español de inversión extranjera” basado en la responsabilidad y en los más altos estándares sociales y medioambientales, podría otorgar a nuestras empresas una nueva ventaja comparativa, mejorar su habilidad para gestionar los riesgos inherentes a invertir en países en desarrollo y facilitar futuras oportunidades de negocio en dichos países. Varios de nuestros países socios (sí, esos con menos paro y menos problemas de deuda) llevan años haciéndolo. El potencial de este tipo de inversiones en nuestro país es aún enorme: de los de los 1,2 billones de euros que supusieron estos fondos en el conjunto de Europa en 2009, España sólo gestionó 14.700 millones de euros.

A mí, personalmente, me da igual si una política pública o una práctica privada “justa”  es adoptada por obligación legal, por convicciones morales, por cargo de conciencia o por “egoísmo inteligente”, con tal de que se adopten.

Si es usted uno de los que a priori me hubiera respondido ¿y a mí que más me da el desarrollo?, ojalá le haya despertado el interés. Si no, léalo igual o pásese este miércoles 25 a las 12h por el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde presentaremos el trabajo. El informe está lleno de ejemplos interesantes para contarles a los compañeros de trabajo a la hora del café.

http://blogs.elpais.com/3500-millones/2012/01/y-a-mi-que-mas-me-da-el-desarrollo.html

Por: Gonzalo Fanjul | 03 de enero de 2012

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El hachazo presupuestario anunciado por el Gobierno el pasado viernes va a dejar varios cadáveres por el camino, y uno de los más relevantes es el prestigio de España en el exterior. De acuerdo con la información que ha podido recabar este blog, al menos 900 de los más de mil millones que debe recortar el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación corresponderían a las partidas de la ayuda al desarrollo. A eso habría que añadir los previsibles recortes de la cooperación que realizan otros ministerios -como las contribuciones a organismos internacionales financieros de Economía o las ayudas específicas de Sanidad o Educación- y las caídas consumadas de la cooperación de comunidades autónomas y ayuntamientos. Si consideramos los recortes acumulados durante el último año y medio, la ayuda española habría caído al menos un 30 por ciento, volatilizando el esfuerzo de los últimos años y devolviéndonos al pelotón mediocre de la comunidad de donantes.

Ayuda esp

Los recortes de la ayuda eran algo esperado, pero esto supera lo inmoral para convertirse en una simple idiotez. El dream team popular de la ortodoxia presupuestaria ha dedicidido cebarse (solo Infraestructuras supera el recorte) con una partida que buena parte de ellos considera superflua y propia del ‘buenismo’ zapateril. Nada más lejos de la realidad. No soy precisamente un entusiasta de la política exterior de estos años, pero creo que el anterior Gobierno se dio cuenta muy pronto de la importancia estratégica de la ayuda para una potencia media como España. ¿O creen que nos sentamos en el G20 por la sofisticación de nuestra diplomacia?

Gracias a la cooperación, y siguiendo la estela franco-británica, nuestro país ha conseguido hacerse un hueco en el complejo panorama africano. Y si alguien cree que esa es solo tierra de misiones, que le eche un vistazo a las rutas de emigración, trata de personas y estupefacientes que van desde África occidental al estrecho, por poner solo un ejemplo. En el caso de América Latina, la pérdida de influencia de España ha disparado todas las alarmas. En un contexto en el que la brecha económica que separa a ambas regiones se reduce con rapidez y en el que Venezuela puede contraprogramar una cumbre abochornando al Gobierno español, ¿realmente quieren nuestra Administración y nuestras empresas perder la palanca de influencia de la cooperación?

Si al menos esta ayuda pigmea se hiciese más estratégica y de mayor calidad… Pero no parece que vayan por ahí los tiros. Aunque la cooperación tendrá el rango de Subsecretaría, una de las direcciones generales que se han volatilizado es la de Políticas de Desarrollo. Precisamente el equipo de personas que más ha peleado por adecuar las políticas españolas a los estándares internacionales de calidad y eficacia. Y todos los nombres que han ido sonando como posibles secretarios de estado del ramo tienen en común su desconocimiento olímpico de los asuntos del desarrollo (en eso, al menos, tendremos continuidad con la última legislatura del PSOE), lo cual tampoco augura nada bueno.

El único aspecto positivo de esta debacle es que, una vez evaporados los recursos públicos de los que depende la mayoría, las ONG tal vez se decidan a protestar ahora lo que no protestaron durante el último año de Zapatero, cuando todo esto empezó. No creo que les hagan ningún caso, pero el sector necesita desesperadamente ganarse la credibilidad (y los recursos) de la sociedad.

http://blogs.elpais.com/3500-millones/2012/01/los-recortes-aniquilan-la-cooperaci%C3%B3n-espa%C3%B1ola.html

LUGAR DE LA NOTICIA:

Naciones Unidas

Las nuevas herramientas de visualización de información permiten a los internautas observar la situación actual y dibujar la evolución de las últimas tendencias y los datos del IDH en todos los Estados miembros de las Naciones Unidas

En un intento de dar mayor visibilidad a los indicadores de desarrollo humano más relevantes de los distintos países, la innovadora herramienta Public Data Explorer de Google mostrará los resultados del Índice de Desarrollo Humano (IDH) más reciente e incluirá vínculos a la extensa base de datos del Informe sobre Desarrollo Humano en la que se incluyen las estadísticas internacionales de desarrollo.

El Explorador de Datos Públicos de Google (Public Data Explorer), disponible en todo el mundo a través de Google Labs, incorporará más de 100 indicadores recogidos en el Informe sobre Desarrollo Humano, incluyendo el IDH, medida compuesta que refleja los avances en salud, educación e ingresos, presentada por primera vez hace ya 21 años.

El Explorador de Datos Públicos de Google posibilita a los usuarios conocer una amplia gama de estadísticas internacionales de desarrollo que, posteriormente, podrán convertir en gráficas y comparar distintos conjuntos de datos. A partir de ahora, cualquier persona que tenga acceso a Internet puede obtener los datos del IDH de, por ejemplo, China, Egipto, India, Noruega, Portugal, la República de Corea, Ruanda, Sudán, Túnez y Estados Unidos, para posteriormente comparar el rendimiento de estos países, verlo de forma gráfica y compartir con sus amigos a través del correo electrónico los cuadros y mapas que acaba de crear.

El Informe sobre Desarrollo Humano, publicación anual independiente encargada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), está reconocido por sus enfoques innovadores a la hora de medir y analizar el progreso nacional y global. Esta colaboración en línea con Google pretende dar a conocer los planteamientos pioneros del Informe en relación a su visión de un desarrollo centrado en las personas, en lugar de basarse únicamente en los aspectos económicos.

“Al poner esta información a disposición a través de Google, ponemos al alcance de los internautas de cualquier parte del mundo una nueva forma, más atractiva, de explorar y visualizar los patrones y tendencias subyacentes del desarrollo humano,” afirma Jeni Klugman, Directora de la Oficina del Informe sobre Desarrollo Humano. “Con esto el IDH cobra vida gráfica”.

Además del IDH, la base de datos del Informe sobre Desarrollo Humano incluye otros índices de desarrollo innovadores, entre los que se incluyen el Índice de Desarrollo Humano ajustado por la Desigualdad, el Índice de Desigualdad de Género, y el Índice de Pobreza Multidimensional, todos ellos accesibles a partir de ahora a través de Public Data Explorer.

El Informe sobre Desarrollo Humano hace uso de los últimos datos estadísticos procedentes de organismos especializados como la UNESCO, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La actual base de datos de indicadores clave de desarrollo humano fue recopilada para el Informe sobre Desarrollo Humano 2010. Esta base de datos aparecerá totalmente actualizada en el Explorador de Datos Públicos de Google.

Google ofrece a los proveedores de datos la posibilidad de integrar la herramienta Public Data Explorer en sitios de terceros. De hecho, el sitio web del Informe sobre Desarrollo Humano ha sido el primero en sacar partido de esta funcionalidad: http://hdr.undp.org/es/datos/explorador.

Por: Paula el 24/05/11 14:53

50 años de guerra que siguen dejando consecuencias en el país. Los angoleños han tenido que dejar de cultivar sus tierras y depender, exclusivamente, de los recursos minerales. Algo que con la crisis mundial, demuestra la debilidad de su economía y aumenta su situación de pobreza.

Angola es hoy un país en el que el 70% de la población vive en zonas rurales y en condiciones de pobreza. Un país, que era el tercer productor de café mundial y en el que la agricultura daba sustento al 85% de la población, hoy vive dependiente de sus recursos naturales (hidrocarburos y diamantes). La disminución de los precios petrolíferos en 2010 y el aumento de los precios de los productos básicos de alimentación, dificultan el desarrollo del país, dependiendo incisivamente de las importaciones.

CODESPA, a través de un Convenio firmado con la AECID, apuesta por la reactivación de la producción agrícola del país. Su objetivo es identificar y resolver los fallos de mercado, aquello que impide a estos productos básicos abastecer el mercado interno, obligándolos a recurrir a la importación. Para ello, a través de un diagnóstico en las zonas de Huambo y Bie´, seleccionará uno o dos productos de la cesta básica (como puede ser el tomate o la cebolla) y estudiará la cadena de valor de estos productos, proponiendo mejoras en la misma.

Se trata de un proyecto de alto alcance ya que, al tratarse de productos de alimentación básicos, cada mejora en la cadena, significará un efecto positivo para un número amplio de actores de la cadena, tanto para los productores, como para los distribuidores y los consumidores.

Se pretende así que los angoleños no tengan que recurrir a la importación y puedan producir ellos mismos estos productos, consumidos por todos los estratos de la población. CODESPA elaborará un modelo local de desarrollo agropecuario que podrá ser replicable en otras zonas. Este proyecto está alineado con los objetivos del gobierno angoleño, que está concentrando la mayoría de los recursos en el desarrollo agropecuario a través de grandes proyectos agroindustriales.

http://www.canalsolidario.org/noticia/el-70-de-la-poblacion-en-angola-vive-en-zonas-rurales-y-en-situacion-de-pobreza/26656

Dejar de hablar de desarrollo

Publicado: marzo 16, 2011 en DESARROLLO

Cuando el paradigma racionalista engendró un modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico, lo hizo para que perdurase en el tiempo y se expandiese por todo el espacio posible, o, mejor dicho, útil. Si en los años cincuenta el modelo capitalista se veía crecer y crecer en competencia con un estatismo, que también crecía y crecía, el hundimiento de la economía ultraplanificada y centralizada, a la vez que la suavización de los regímenes militares neofascistas, contempló la emergencia de un neoliberalismo capitalista, proclamado el fin de la historia. Las recetas de ajuste estructural, el seguidismo al modelo de los Estados dominantes, el economicismo a nivel macro, la medición por grandes indicadores productivos se hizo ley y religión en materia de desarrollo.

Han surgido nuevos paradigmas, críticos ante resultados no contemplados en ese modelo neoliberal capitalista, y aupados en los últimos años por una crisis estructural que todo lo replantea. Algunos hacen resurgir de sus cenizas un fortalecimiento del Estado como fórmula redistributiva de los parabienes obtenidos de los recursos naturales. El socialismo del siglo veintiuno reestructura el aparato público para garantizar derechos básicos. Entre ellos apenas toca el de herencia, libre empresa o propiedad privada, por lo que se identifica con un matizado capitalismo de Estado o socialismo de mercado.

Otros consiguen fuertes niveles de crecimiento económico, y también de desarrollo humano a la zaga de los anteriores, potenciando en paralelo estructuras estatistas robustas e inapelables con un capitalismo salvaje y ultraliberal. El modelo, muy criticado pero también admirado, puede hacer que un Estado, el más poblado del mundo, se convierta en el segundo más importante del planeta y, quien sabe, si el primero más pronto que tarde.

También hay quien alza su voz, que no tanto la praxis histórica, a favor de un desarrollo entendido como libertad, como conquista de los derechos humanos universales, especialmente aquellos de corte político, civiles. Se apoyan en una interpretación de los años noventa como los de la expansión del bienestar a la vez que de la democracia, por supuesto definida desde la perspectiva liberal, occidental, electoralista e individualista.

Pero, ¿no sería necesario dejar de hablar de desarrollo como “el desarrollo”? ¿sería posible que, además de proclamar a los cuatro vientos la necesidad del autodesarrollo, lo respetáramos de manera efectiva? ¿tan conveniente es que todo el planeta deba caminar hacia el mismo lugar y de la misma forma? Criticábamos el desarrollismo de los setenta, que pervive con fuerza hoy día, porque dividía entre desarrollados y en vías de desarrollo, entre los que viven en la fecha actual y los que lo hacen como cincuenta o cien años atrás, entre los que llegaron y los que están por llegar. Pero, ¿no estamos aplicando el mismo paradigma cuando hablamos de democracia o de derechos humanos universales, aquellos que proclamaron un grupo de hombres, adinerados, blancos, occidentales, de mediana edad, en un único punto de la Tierra?
No deberíamos necesitar que nuestros vecinos dejasen que extrajéramos su petróleo barato para poder sobrevivir, que nuestras costas se llenen de cemento y servicios que utilizar para poder obtener beneficios indispensables para la supervivencia, envenenar la tierra para comer alimentos extratempranos, casi atemporales. El intercambio y el enriquecimiento mutuo nada tienen que ver con la dependencia. Y para no caer en ésta cada cuál debe escoger su camino y modelo de desarrollo. Y obligatoriamente no llegaremos al mismo lugar, ni tendremos el mismo proceso. Eso es el autodesarrollo, el desarrollo endógeno, el desarrollo autónomo. Por más que nos cueste aceptar que una nación (que no es siempre un Estado, más bien casi nunca) y que una comunidad (que no es simplemente la suma de individualidades, sino mucho más) tome veredas distintas de las nuestras debemos aceptarlo como su propio proceso. Tendremos que garantizar nuestra supervivencia básica, nuestra forma de alimentarnos, resguardarnos, curarnos, educarnos, relacionarnos con la naturaleza o con la trascendencia, y hacerlo sin conflicto con otras formas de desarrollo, sin dependencias, sin coacciones, sin proselitismos. Es probable que de esta forma las diferencias de lo que hoy llamamos desarrollo no sean importantes, que el consumismo sea desterrado, a favor de un consumo lógico y responsable; que la innovación tecnológica insustancial, del entretenimiento-adormecimiento, decaiga a favor de una tecnología apropiada (hecha propia), adaptada al medio (no universal) y realmente útil para la supervivencia; que las citas para depositar una papeleta partidaria, que poco se diferencia de la otra opción, cada periodo de más de mil días, deje de llamarse participación política, para dar paso a un empoderamiento real de los grupos, las comunidades y las naciones (insisto, que no Estados), que decidan cada paso a dar y el lugar al que se quieren encaminar.

El desarrollo…, ¿qué desarrollo? ¿económico, ecológico, el de la libertad y los derechos humanos,…? ¿el que definimos nosotros, el que definen ellos, el que define no se sabe quién?
“Desarrollo, pero ¿Qué desarollo?”, por Vicente (Critica y Alternativa)

 

http://www.consumehastamorir.com/

En un reciente congreso celebrado en la Universidad de Évora debatían los participantes sobre un asunto crucial para la educación. Dos modelos educativos parecían enfrentarse, el que pretende promover la excelencia, y el que se esfuerza ante todo por no generar excluidos. Parecían en principio dos modelos contrapuestos, sin capacidad de síntesis, esas angustiosas disyuntivas que se convierten en dilemas: o lo uno o lo otro.

Afortunadamente, la vida humana no se teje con dilemas, sino con problemas, con esos asuntos complicados ante los que urge potenciar la capacidad creativa para no llegar nunca a esas “elecciones crueles”, que siempre dejan por el camino personas dañadas. Por eso la fórmula en este caso consistiría -creo yo- en intentar una síntesis de los dos lados del problema, en universalizar la excelencia, pero siempre que precisemos qué es eso de la excelencia y por qué merece la pena aspirar a ella tanto en la educación como en la vida corriente. No sea cosa que estemos bregando por alguna lista de indicadores, pergeñada por un conjunto de burócratas, que miden aspectos irrelevantes, aspectos sin relieve para la vida humana, a los que, por si faltara poco, se bautiza con el nombre de “calidad”.

En realidad, el término “excelencia”, al menos en la cultura occidental, nace en la Grecia de los poemas homéricos. Recurrir a la Ilíada o la Odisea es sumamente aconsejable para descubrir cómo el excelente, el virtuoso, destaca por practicar una habilidad por encima de la media. Aquiles es “el de los pies ligeros”, el triunfador en cualquier competición pedestre, Príamo, el príncipe, es excelente en prudencia, Héctor, el comandante del ejército troyano, es excelente en valor, como Andrómaca lo es en amor conyugal y materno, Penélope, en fidelidad, y así los restantes protagonistas de aquellos poemas épicos que fueron el origen de nuestra cultura, al menos en parte, porque la otra parte fue Jerusalén.

Pero el excelente no lo es solo para sí mismo, su virtud es fecunda para la comunidad a la que pertenece, crea en ella vínculos de solidaridad que le permiten sobrevivir frente a las demás ciudades. Por eso despierta la admiración de los que le rodean, por eso se gana a pulso la inmortalidad en la memoria agradecida de los suyos.

Al hilo del tiempo esa tradición de las virtudes se urbaniza, se traslada a comunidades, como la ateniense, que deben organizar su vida política para vivir bien. Para lograrlo es indispensable contar con ciudadanos excelentes, no solo con unos pocos héroes que sobresalen por una buena cualidad, sino con ciudadanos curtidos en virtudes como la justicia, la prudencia, la magnanimidad, la generosidad o el valor cívico. Ante la pregunta “excelencia, ¿para qué?” habría una respuesta clara: para conquistar personalmente una vida feliz, para construir juntos una sociedad justa, necesitada de buenos ciudadanos y de buenos gobernantes.

A fines del siglo pasado surge de nuevo con fuerza la idea de excelencia al menos en tres ámbitos. En el mundo empresarial el libro de Peters y Waterman En busca de la excelencia invita a los directivos a tratar de alcanzarla siguiendo principios con los que otras empresas habían cosechado éxitos. En el mundo de las profesiones se entiende con buen acuerdo que el profesional vocacionado, el que desea ofrecer a la sociedad el bien que su profesión debe darle, aspira a la excelencia sin la que mal podrá lograrlo. Y también en el ámbito educativo florece de nuevo el discurso de la excelencia, al que es preciso dar un contenido muy claro para no confundirla ni con las supuestas medidas de calidad, un tema que queda para otro día porque requiere un tratamiento monográfico, ni con la idea de una competición desenfrenada en la escuela, en la que los fuertes derroten a los débiles. Conviene recordar que en la brega por la vida no sobreviven los más fuertes, sino los que han entendido el mensaje del apoyo mutuo, los que saben cooperar y por eso les importa ser excelentes.

La excelencia, claro está, tiene un significado comparativo, siempre se es excelente en relación con algo. Pero así como en las comunidades homéricas importaba situarse por encima de la media, el secreto del éxito en sociedades democráticas consiste en competir consigo mismo, en no conformarse, en tratar de sacar día a día lo mejor de las propias capacidades, lo cual requiere esfuerzo, que es un componente ineludible de cualquier proyecto vital. Y en hacerlo, no solo en provecho propio, sino también de aquellos con los que se hace la vida, aquellos con los que y de los que se vive. En esto sigue valiendo la lección de Troya.

A fin de cuentas, no se construye una sociedad justa con ciudadanos mediocres, ni es la opción por la mediocridad el mejor consejo que puede darse para llevar adelante una vida digna de ser vivida. Confundir “democracia” con “mediocridad” es el mejor camino para asegurar el rotundo fracaso de cualquier sociedad que se pretenda democrática. Por eso una educación alérgica a la exclusión no debe multiplicar el número de mediocres, sino universalizar la excelencia.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Universalizar/excelencia/elpepiopi/20101229elpepiopi_5/Tes

A tan sólo cinco años de que los Objetivos del Desarrollo del Milenio fracasen con su propósito de reducir a la mitad la pobreza extrema en el planeta, los líderes y organismos internacionales como las Naciones Unidas abren sus puertas a las multinacionales para que se sumen a la “lucha contra la pobreza”. Un giro peligroso al que se ha sumado la cooperación al desarrollo del Estado español con un llamamiento a las alianzas público-privadas. La sociedad civil pone en duda que las corporaciones puedan conciliar la maximización de los beneficios con la reducción de la pobreza.

“Tenemos que asociar al sector privado en nuestras actuaciones”. Así lo declaraba a la prensa en junio la secretaria de Estado para Cooperación, Soraya Rodríguez Ramos: “El sector privado tiene en marcha proyectos vinculados con la lucha contra la pobreza importantes, sobre todo en América Latina. Aunque el papel de las empresas en la política de cooperación está en una fase incipiente. No tenemos proyectos conjuntos que sean un referente”. Estas declaraciones se enmarcan en un contexto de recortes a la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) por parte del Gobierno de Zapatero, 800 millones de euros en total (300 durante este año y 500 en 2011). Recortes que llegan antes de que la comunidad internacional repase el fracaso, y fije una nueva agenda para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) entre el 20 al 22 de septiembre en Washington. Estos objetivos son el eje principal de actuación de la cooperación al desarrollo del Estado español. Una actuación que se plasma cada cuatro años en lo que se denomina Plan Director de la Cooperación Española. Los ODM son los mayores impulsores de las alianzas público-privadas: “Son esenciales para desencadenar el potencial del sector privado, cumplir los Objetivos del Milenio y mitigar la pobreza”, como explicó la Comisión sobre el Sector Privado y el Desarrollo en el informe El Impulso del Empresariado para el secretariado general de las Naciones Unidas.

Los recortes en la ayuda y la imposibilidad de lograr los ODM plantean un giro en la cooperación al desarrollo. Pero, ¿a qué responde este nuevo enfoque? “Deben abandonarse los criterios paternalistas que se han mantenido en los últimos años, en los que se contemplaba la cooperación al desarrollo como una ayuda a fondo perdido, en vez de como una oportunidad de negocio para las empresas”. Así de claro lo ve la presidenta de la Fundación Entorno, Cristina García-Orcoyen, una fundación que representa a un consejo empresarial español y que funciona como una organización privada sin ánimo de lucro, “cuya misión es trabajar con los líderes empresariales abordando los retos del desarrollo sostenible como oportunidades de negocio”.

Otras relaciones con empresas

Hasta la fecha, la Ayuda Oficial al Desarrollo ha estado marcada por distintos factores. Por un lado por una agenda política exterior que responde a los intereses geoestratégicos del Estado español en materia, por ejemplo, de control de flujos migratorios. Tal es el caso del plan REVA en Senegal. Otra de las patas de la política de cooperación, en muchos casos, ha sido apoyar a las empresas españolas. Así lo demuestran casos como los Créditos de Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD), créditos que el estado concede a determinados países para ejecutar proyectos con la condición de que éstos sean realizados por empresas españolas y cuya cuantía el país “ayudado” deberá devolver.

Las empresas ya estaban reconocidas tímidamente como “agentes de cooperación”. De hecho uno de los mayores organismos de gestión de la ayuda, la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (AECID) destina un 5% de su presupuesto a alianzas público-privadas. Aunque el último documento que recoge las directrices sobre la ejecución del dinero, el III Plan Director (2009-2012) menciona explícitamente que las empresas tienen un gran potencial para contribuir a la generación de desarrollo, a través de la creación de riqueza sostenida e inclusiva y el empleo digno.

El primer caso de alianza público privada de la AECID hay que buscarlo en 2007, cuando firmó una documento con la multinacional ACS para trabajar en el “desarrollo de la región de América Latina”. En esta línea, el pasado mes de julio se rubricó una Declaración de Intenciones entre cuatro ONG (Solidaridad Internacional, Entreculturas- Fé y Alegría, la Fundación Ecología y Desarrollo y Ayuda en Acción) y tres empresas privadas (Telefónica Internacional, BBVA y grupo Santillana). El objetivo es trabajar en Perú para “intervenir en un proceso de desarrollo integral en la provincia de Acobamba, en la región andina de Huancavelica de ese país”.

La paradoja de estas alianzas es que, en numerosos casos, estas grandes corporaciones son las causantes de grandes desastres medioambientales y destrucción del tejido social en muchos de los países en los que operan. En Perú, por ejemplo, según el informe de Greenpeace Los nuevos conquistadores. Mutinacionales españolas en América latina, el BBVA está vinculado a través de un préstamo de cien millones de dólares a una de las mayores explotaciones mineras de oro que opera a cielo abierto de Latinoamérica. Es la mina de Yanacocha, cuya explotación ha provocado “degradación y contaminación de las fuentes de agua, además de un incremento de la pobreza, ya que numerosas familias tuvieron que trasladarse a la ciudad sin disponer de medios de subsistencia ni haber recibido compensaciones”, denuncia el informe.

Pero, ¿cómo benefician realmente estas alianzas público-privadas a las multinacionales?

Para Jesús Carrión, del Observatorio de la Deuda y la Globalización, la respuesta es simple. “Hay 4.000 millones de personas esperando un nuevo mercado, entonces la lógica de estos proyectos es clara,centremos nuestros negocios en los pobres, necesitamos nuevos consumidores y consumidoras, gente a quien darle créditos”.

El terreno para estas alianzas se está abonando con multitud de estudios de carácter oficial. Según la revista Harvard Bussines Review, “estos consumidores de bajos ingresos, la mayor parte de la población mundial, constituyen la base de la pirámide económica”. Según la publicación de Prahalad, C. K. & Hart S.L, La fortuna en la base de la pirámide, “es el momento para que las corporaciones multinacionales consideren las perspectivas del capitalismo inclusivo en sus estrategias de globalización. Si las corporaciones multinacionales van a continuar creciendo en el siglo XXI tienen que ampliar la base de su economía y deberían jugar un papel más activo en la reducción de la brecha entre los ricos y los pobres”.

Y mientras algunas ONG y el Estado español se suben al carro de las alianzas público-privadas, las críticas por parte de la sociedad civil se multiplican. El documento del grupo suizo Inforesources ¿Desarrollo rural a través de Alianzas Público-Privadas (APP)? señala que es casi imposible conciliar en un mismo proyecto los intereses del sector privado de rentabilidad y maximización de las ganancias con los objetivos gubernamentales de reducción de la pobreza y desarrollo sostenible. Además existe la posibilidad de que los fondos gubernamentales sean utilizados para subsidiar intereses privados; es posible que las alianzas constituyan un problema en el sector de servicios básicos e infraestructura (agua, energía, salud), ya que pueden dar lugar a la liquidación de las empresas estatales de servicios públicos básicos, desatendiéndose las necesidades de la población de menores recursos.

Pero las críticas no parecen haber calado en el Gobierno de Zapatero. DIAGONAL ha tenido acceso a un borrador sobre el nuevo plan sectorial de cooperación elaborado por la Dirección General de Planificación y Evaluación de Políticas de Desarrollo. El documento, que está ahora en proceso de consulta por la sociedad civil, servirá para marcar las nuevas políticas de ayuda a partir de 2012 desde consignas como la siguiente:

“Son muchas y valiosas las capacidades y experiencias que la empresa española puede transferir a los países en desarrollo, en general, y a sus sectores privados, en particular”. El documento continúa con la apuesta por “una incorporación más decidida del sector privado, en especial de la empresa privada española, como agente de desarrollo en los países socios de la cooperación española”. Mientras el nuevo plan sectorial está en la mesa de negociaciones, el camino se allana de muchas otras maneras con publicaciones como la de Fernando Casado Cañeque, colaborador de la Fundación Carolina y presidente del Laboratorio de la Base de la Pirámide. “Las APP, que conjugan objetivos estratégicos de la administración pública con intereses concretos de empresas privadas, han sido un factor fundamental en el crecimiento económico mundial. Parece razonable indicar que la ayuda no podrá, por sí sola, generar el cambio suficiente para erradicar la pobreza”, afirma Casado.

http://www.diagonalperiodico.net/spip.php?article11857

Entrevista con Serge Latouche, impulsor de la teoría del decrecimiento

Jose Bellver Soroa

Economía Crítica y Crítica de la Economía

 

El siguiente texto es una entrevista con Serge Latouche, uno de los impulsores de la teoría del decrecimiento, realizada por José Bellver para el periódico Diagonal. La entrevista se hizo el 9 de diciembre de 2009 y fue publicada en el número 118 de Diagonal el 10 de febrero de 2010 bajo la frase “Salir de la sociedad de crecimiento es salir de las dinámicas de desigualdad”, mencionada por el economista francés, como título de la entrevista. Al estar la versión publicada más acotada por cuestiones editoriales, consideramos de cierto interés publicar ahora en ECCE la versión completa de dicha entrevista[1].

 

José Bellver.: ¿Cómo enunciaría usted de forma sintética lo que entiende por ‘decrecimiento’?
 
Serge Latouche.: En primer lugar, esto no es algo fácil porque el decrecimiento es un eslogan, por lo que no es un concepto a tomar al pie de la letra. Implica la necesidad de romper con el crecimiento, la ideología del crecimiento y la sociedad del crecimiento.
 
 
J.B.: ¿Qué relación puede haber entre la idea de decrecimiento y la crítica del concepto de desarrollo sobre la que usted ha trabajado anteriormente?
 
S.L.: Efectivamente, en lo que a mí concierne, he llegado históricamente a este eslogan de decrecimiento para marcar la ruptura con la sociedad del crecimiento o la sociedad del desarrollo porque, de hecho, las dos palabras, aunque existan matices, suelen ser utilizadas indistintamente. Generalmente cuando hablamos de “desarrollo” pensamos en los países del Sur, mientras que cuando hablamos de crecimiento nos referimos más bien a los países del Norte, pero en cualquier caso es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad en el sentido económico. Y simplemente, en el fondo, después de la caída del muro de Berlín en 1989, ya no había “segundo mundo”, por lo que tampoco quedaba “tercer mundo”, y es el momento en el que se pone en marcha lo que llamamos la globalización, es decir, la mercantilización del mundo: el mercado único con un pensamiento único.
 
Es entonces cuando el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia al Sur, pierde su sentido ya que sólo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes. Sin embargo, curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo “sostenible” porque al mismo tiempo que el mundo está “unificado”, es alcanzado por la crisis ecológica. Y para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del “desarrollo sostenible”, un bonito oxímoron.
 
Es para oponerse al “desarrollo sostenible”, que se convertía en la ideología dominante de la globalización (como cambio de época respecto al periodo de las independencias y de las batallas por el desarrollo frente al subdesarrollo) que hemos utilizado este eslogan de ‘decrecimiento’ con el que se refleja que lo que se pone en cuestión aquí es la sociedad del crecimiento, la cual debe necesariamente cuestionarse para no caer en la trampa de “otro crecimiento”, como los expertos en desarrollo caían en la trampa de “otro desarrollo”.
 
 
J.B.: Sin embargo, cuando hablamos de decrecimiento suele pensarse que se trata simplemente de invertir el problema ecológico sin prestar suficiente atención a las desigualdades sociales. ¿Es así?
 
S. L.: No, la sociedad de crecimiento es una sociedad de desigualdades. La dinámica del crecimiento económico siempre ha estado ligada a una dinámica de desigualdades sociales, en parte ocultadas en el Norte durante 30 ó 40 años mediante la explotación masiva de los recursos naturales de países lejanos, pero ahora podemos ver claramente cómo en realidad, a partir de las primeras crisis de 1974-75, la dinámica de las desigualdades nunca ha sido tan fuerte. En consecuencia, salir de la sociedad de crecimiento es también salir de las dinámicas de desigualdad, tanto en el Sur como en el interior del Norte.
 
 
J.B.: Entonces, ¿este decrecimiento debería de producirse de la misma forma en el Sur como en el Norte? ¿Deberíamos a su vez decrecer al mismo ritmo en los distintos países del Norte?
 
S.L: Claramente no, porque detrás del eslogan de decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo, etc. Pero ser una sociedad austera para un país africano quiere decir producir y consumir más porque no están actualmente en la situación de austeridad: están por debajo de ella. Para nosotros, es evidentemente producir y consumir menos, diferentes cosas dependiendo de cada país, incluso entre los países del Norte.
 
Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir; es un proyecto esencialmente político. Corresponde la sociedad, de la forma más democráticamente posible, decidir lo que quiere hacer y lo que quiere producir y consumir, respetando siempre los equilibrios de la naturaleza, en ese sentido existe un enorme terreno para desarrollar.
 
J.B.: Usted dice que es un proyecto por definir, existen, no obstante, algunas ideas con respecto a cómo podría plasmarse este proyecto en diversas propuestas políticas. En este sentido quería preguntarle, ¿qué líneas podrían definir, en su opinión, la práctica del decrecimiento? ¿Podría tratarse de una suerte de “keynesianismo verde” o de “New Deal Verde”?
 
S.L.: De ninguna forma. Porque el “New Deal Verde” es también típicamente otro oxímoron, es decir el deseo de no querer salir de la lógica del sistema, de volver a escayolar el sistema. Podemos precisar lo que yo llamaría “los fundamentos de la sociedad de decrecimiento” en negativo con respecto a la sociedad de crecimiento. Es lo que he tratado de formalizar a través del círculo virtuoso de las ocho “R”: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Más allá, esto nos da un horizonte suficientemente ancho, pero concretamente en el seno de este horizonte, la etapa ulterior es verdaderamente dependiente de cada sociedad. Esto es, de qué programa político concreto nos dotamos para avanzar hacia ese horizonte de una sociedad de anticrecimiento o de no crecimiento y de democracia ecológica.
 
A nivel de Francia, yo he propuesto un programa concretado en diez puntos, sobre los que se puede debatir, pero lo hago porque siempre me piden que de propuestas concretas… En este sentido hay cosas que vienen por sí solas como reducir la huella ecológica, pero, ¿reducirla hasta qué punto? Pues hasta el punto en el que sea sostenible y tenemos en este sentido un análisis bastante preciso, para poder establecer un horizonte. Otra cuestión sería la de relocalizar las actividades económicas, la vida, lo político… sí pero, ¿hasta qué nivel?, ¿qué es lo local?, ¿lo local es la región, la provincia, es la ciudad, el barrio…? Bueno, es un poco todo… Relocalizar es una orientación, pero corresponde a las gentes decidir si quieren hacer una economía y una sociedad local y hasta que nivel. Es un poco como el tema de reducir los medios de transporte, sin embargo seguiremos desplazándonos. Entonces, ¿reducir los medios de transporte significa reducir el transporte privado y el transporte colectivo? Hay que debatirlo… Ciertamente, habrá que reducir el espacio para el automóvil, pero tendremos que ver hasta qué punto y también habrá que desarrollar el espacio para las bicicletas, aunque teniendo en cuenta que hay viejos y discapacitados que no van a poder ir en bici. Y con estas cosas ya estamos hablando en el ámbito de lo concreto…
 
 
J.B.: Precisamente, adentrándonos en lo concreto, uno de los aspectos que se suele mencionar cuando se habla de decrecimiento es el tema del trabajo. Actualmente estamos en un contexto de crisis económica a nivel global, y en particular aquí en España, la palabra ‘decrecimiento’ está más bien asociada a la pérdida de empleos. Por lo tanto, ¿cuál es la propuesta al respecto desde las tesis del decrecimiento?
 
S.L.: Es cierto, pero al contrario, el decrecimiento, a diferencia del crecimiento negativo o de la crisis, consiste precisamente en salir de esa lógica que condena, de forma obligatoria, a destruir el planeta para crear empleos. Ésa es la lógica del crecimiento. A través del decrecimiento, al contrario, crearíamos empleos salvando al planeta; no sólo porque lo reparamos, sino también porque al reducir nuestro consumo, tendremos que producir menos, y teniendo que producir menos, tendremos que trabajar menos. Así, trabajamos menos, pero trabajamos todos. Lo primero que tenemos que repartir es el trabajo, frente al sistema totalmente absurdo en el que hoy vivimos, en el que incluso en Francia hemos suprimido las 35 horas y los trabajadores hacen 40, 50 o incluso 60 horas, mientras que otras personas que querrían trabajar un poco, no pueden hacerlo. Entonces, más valdría trabajar 20 horas todos, frente a que unos trabajen 70 horas y otros no trabajen ninguna.
 
Por otra parte, evidentemente, otras propuestas del decrecimiento, como el regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje. Algunos incluso piensan que llegaremos a una situación invertida en la que existirán demasiados empleos y faltará mano de obra, porque evidentemente, al no utilizar más el extraordinario potencial energético del petróleo o simplemente porque empiece a escasear habrá que trabajar más: no hay que olvidar que un bidón de 30 litros de petróleo es el equivalente del trabajo de un obrero durante cinco años. Pero tampoco tendremos que trabajar mucho más, porque reduciremos nuestras necesidades, las cuales trataremos de satisfacer sin trabajar demasiado porque también es muy importante no trabajar demasiado. Trabajar demasiado es muy malo…
 
 
J.B.: Sin embargo, estas propuestas, y en particular la reducción y repartición del tiempo de trabajo, podrían ser una amenaza para la lógica del sistema capitalista. Por eso, del lado de diversos sectores políticos herederos del marxismo, el movimiento del decrecimiento es más bien calificado de “simple”, “fácil” o “amable”,  y carente de un análisis más profundo del funcionamiento del sistema capitalista, es decir, las dinámicas de acumulación, las diferencias de poder, etc. ¿Qué piensa usted de esto?
 
S.L.: Pienso que es totalmente estúpido, porque creo que efectivamente, al contrario, estos camaradas marxistas se han extraviado completamente. Pensaba en ello esta noche: Marx nunca dijo que la sociedad comunista tuviera que ser una sociedad de crecimiento. El crecimiento habría sido realizado por la fase capitalista y cuando pasamos al comunismo, es decir, al salir del capitalismo, es el momento del reparto. No se trata de producir más sino de repartir de otra forma. Marx ya lo pensaba desde 1848: consideraba que los países occidentales, en Europa, producían ya lo suficiente para pasar al comunismo. Luego dijo que quizás la cosa no estaba todavía lo suficientemente madura, pero desde entonces hemos multiplicado la producción por más de 50 y parece ser que todavía no hemos alcanzado esa abundancia para pasar al comunismo…
 
De hecho, fue Lenin el primero que, queriendo adaptar el marxismo a un país no desarrollado, consideró la necesidad de realizar una doble tarea: primero la que los capitalistas no habían realizado, es decir, desarrollar Rusia, y posteriormente pasar al comunismo. Hicieron la revolución y aplicaron un capitalismo de Estado, y es Stalin el que empujó todavía más lejos esta lógica de que Rusia tuviera que sobrepasar sobradamente su retraso: “hay que acumular”, “tenemos que producir más”, “el comunismo son los soviets más la electricidad”… pero todo esto es de hecho una traición a Marx y al marxismo. Marx utilizaba la famosa fórmula “acumular, acumular, esa es la ley y el profeta”, es decir que la propia esencia del capitalismo es el crecimiento, la acumulación es el crecimiento. Y en consecuencia, salir del capitalismo es salir de la sociedad del crecimiento y de la lógica del crecimiento, es salir de la lógica de la acumulación. No existe una acumulación socialista, eso es una invención de Lenin y de Stalin. La acumulación es siempre capitalista y es por ello por lo que debemos salir de la misma. No sólo por eso, sino porque, aunque Marx no lo contempló, la acumulación destruye el planeta.
 
 
J.B.: Por otro lado, la idea de decrecimiento está también ligada a la de la ‘simplicidad voluntaria’. ¿Las propuestas de decrecimiento implican el nacimiento del “consumidor concienciado” como sujeto político de transformación social? ¿O se trata simplemente de la “soberanía del consumidor” postulada por la economía convencional?
 
S.L.: De ninguna manera. Es cierto que en el proyecto del decrecimiento existe necesariamente un aspecto ético y por tanto una ética de la simplicidad voluntaria no está ausente, pero está muy lejos de ser el núcleo del proyecto. La construcción de una sociedad de decrecimiento es una construcción global. En los movimientos de simplicidad voluntaria tal como existen en el mundo anglosajón, en Canadá o en Estados Unidos, esta idea sí está en el centro de sus proyectos transformadores (es, de hecho, su proyecto), pero sus huellas ecológicas han mantenido una tendencia al alza, por lo que el resultado es que la cosa no cambia mucho. Está muy bien tener un comportamiento de consumo responsable, pero esto no es lo que va a cambiar fundamentalmente las cosas. Por tanto, el consumo responsable es importante: creo que puede formar parte de un conjunto de lucha o de presión, pero está muy lejos de ser suficiente.
 
 
J.B.: Aquí, de vez en cuando recibimos noticias acerca de la difusión de las ideas del decrecimiento y, en particular, de un movimiento ‘neorruralista’ cada vez más importante especialmente en Francia. ¿Cuál es su punto de vista de la situación actual de este movimiento en Francia?
 
S.L.: No estoy bien situado para responder a esta pregunta en la medida en que tengo una gran implicación con este movimiento, que, por otra parte, es más bien una especie de nebulosa de movimientos. Usted menciona la cuestión de los neorrurales y en este sentido, existe en la actualidad un debate en el que se ve reflejada una doble sensibilidad: existen decrecentistas de las ciudades y decrecentistas del campo. Están aquellos que piensan que el decrecimiento es, necesariamente, una especie de retorno a la tierra, entre los cuales se encuentra el movimiento de la Asociación para el Mantenimiento de la Agricultura Paisana (AMAP), que se está desarrollando en estos momentos en Francia. Es un movimiento simpático, sin embargo no es un movimiento de vuelta al campo, en la medida en que se desarrolla en las ciudades asociando, en una relación de proximidad, a consumidores urbanos con productores rurales. En definitiva, considero que en el decrecimiento hay sitio tanto para decrecentistas del campo como de las ciudades. Yo mismo me siento profundamente urbano y no tengo intención de irme a vivir al campo.
 
Es cierto, no obstante, que el decrecimiento plantea también el problema de la dimensión de las ciudades. Es decir, que los monstruos urbanos actuales, con 10 ó 20 millones de habitantes, pueden difícilmente ser sostenibles. Son, como bien señalan nuestros amigos ingleses del movimiento de las Transition Towns, conjuntos no resilientes, es decir que son incapaces de afrontar los desafíos que plantean el fin del petróleo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, etc. Probablemente sea necesario volver a espacios más razonables o pensar en una reordenación urbana. Recientemente descubrí a un arquitecto, Iona Friedman, que ya había pensado en estos problemas hace 30 años, que habla de organizaciones de pueblos urbanos, dentro de las ciudades, con la reconquista de una agricultura urbana. Esto existe, en cierta medida, en ciudades africanas que son relativamente autónomas: una ciudad monstruosa como Kinshasa produce más del 40% de su alimento, es decir, que sus habitantes cultivan en sus terrazas, patios, jardines, las aceras son transformadas en campos de cultivo, etc.
 
 
J.B.: ¿Y las Transition Towns podrían ser un ejemplo de aplicación urbana del decrecimiento?
 
S.L.: Pienso que son una puesta en marcha a nivel local de un proyecto de decrecimiento en el Norte. De momento sólo afecta a ciudades pequeñas y probablemente las personas que estudian este tema reflexionan un poco acerca de cuál es la unidad de base de la sociedad del decrecimiento. No ven que esto pueda funcionar más allá de 60.000 habitantes, lo cual se correspondería ya con una ciudad de tamaño medio. La ciudad más representativa de las Transition Towns, Totnes (Reino Unido), que creo que no supera los 8.000 habitantes, es casi una eco-aldea, lo cual la hace más manejable.
 
Necesariamente, en la realización de una experiencia de decrecimiento hay una dimensión política que es la necesidad de que las personas se encuentren, se conozcan, se conserven, se pongan de acuerdo: es la democracia. La democracia implica un espacio público donde podamos encontrarnos, debatir, etc. De vez en cuando participo en reuniones de AMAP y es muy interesante porque es una forma de democracia aplicada, las personas se encuentran cuando van a recoger sus pedidos, y es la ocasión para hablar de muchas otras cosas más allá que de fruta y verdura: hablarán de los problemas de la guardería municipal que no marcha bien, de los problemas de la biblioteca municipal, de que el alcalde se está volviendo cada vez más racista e insoportable, etc. y de ahí se plantean hacer algo con estos problemas. En definitiva, reinventan lo político. Y a veces ocurre que finalmente se dicen, “¿y si presentáramos una lista electoral?, de todos modos existe la de los socialistas, de la UMP, etc. que finalmente no valen más los unos que los otros. Nosotros hacemos nuestra lista “apolítica”, que en el fondo es la más política de todas porque atiende a los problemas reales de los vecinos”. Esta es una nueva forma de hacer política.
 
 
J.B.: ¿Y qué piensa usted de la posibilidad de que el movimiento del decrecimiento actúe a través de un partido político?
 
S.L.: Yo creo que lo que más se echa en falta no son precisamente partidos políticos. En cualquier caso, podemos por una parte utilizarlos y eventualmente sitiarlos en cierta medida o presionarlos. Si algunos quieren comprometerse con ello y llevar al seno de un partido propuestas en el sentido del decrecimiento, es su problema. Yo, al menos en el estado actual de las cosas, no soy para nada favorable de la formación de un partido del decrecimiento que entrara en el juego político de partidos. Pienso que, al contrario, el decrecimiento es una propuesta política que debe permitir refundar lo político, pero sin privarse de utilizar, aunque sin demasiadas ilusiones, los partidos políticos y el juego político. Existen ya algunos diputados partidarios del decrecimiento, y ello nos viene bien, pero tampoco son unos delegados del movimiento del decrecimiento: forman parte de un partido en el que deben pelearse. Incluso en el caso de Los Verdes son minoritarios.
 
 
J.B.: Sin embargo la idea de decrecimiento parece estar atrayendo la atención y el interés de cada vez más gente. ¿A qué atribuye usted este fenómeno?
 
S.L.: Bueno, esto es algo que yo constato. Es un hecho, aunque hayamos partido de la nada. El motivo es que simplemente, como decían Marx y Engels, los hechos son testarudos. Nos enfrentamos a verdaderos problemas y, como decía Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. En este sentido, por ejemplo, todos los días estamos viendo noticias sobre el cambio climático, la desertificación, etc. Podemos seguir diciendo alegremente que la ciencia resuelve todos los problemas, pero podemos comprobar que la ciencia no ha resuelto nada sobre estas cuestiones. Por lo tanto las personas se están haciendo cada vez más preguntas y buscan alternativas porque están inquietas por ellas mismas, por sus hijos, etc. Y cuando ven todo lo que pasa y oyen lo del decrecimiento se dicen a sí mismos: “en el fondo estas personas tienen razón: es cierto que no podemos crecer indefinidamente en un planeta que es finito, lo que proponen es de sentido común”. Éstas son reacciones con las que nos encontramos todos los días.
 
 
J.B.: En La apuesta por el decrecimiento usted lo atribuye también a un factor de cierta infelicidad o insatisfacción con nuestro tipo de vida.
 
S.L.: Sí, esto ya se decía por lo menos desde 1968 con la expresión metro-boulôt-dodo [1]: la sociedad de consumo viene a ser una sociedad de idiotas. Consumimos enormemente, pero al final la gente está estresada, se ve obligada a drogarse con antidepresivos: los franceses son los campeones en el consumo de Prozac, los ingleses de cocaína, etc. ¡Es de locos! Pero a pesar de esto hay gente que piensa un poco, en todos los niveles, y se replantea las cosas…
 
 
J.B.: Aquí en España, como usted sabe, Carlos Taibo ha publicado un libro con el título En defensa del decrecimiento, en el que advierte seriamente acerca del peligro de que pueda surgir una especie de “ecofascismo”. ¿Las opciones se limitan por tanto a decrecimiento o barbarie (tal como titula su libro Paul Ariès)?
 
S.L.: Me temo que así es. Podríamos decir que las opciones son: decrecimiento, fin del mundo y barbarie. Y de hecho tampoco tienen por qué ser opciones absolutamente exclusivas: la barbarie puede ser la antesala del fin o que la amenaza del final puede conllevar la barbarie… Si no logramos construir una sociedad de decrecimiento, de sobriedad voluntaria basada en una autolimitación, iremos efectivamente hacia la barbarie. Porque la gestión de un medio ambiente degradado por parte del capitalismo sólo puede darse mediante una transformación del capitalismo en una forma de autoritarismo extremamente violento, duro, que de hecho ha sido bastante bien explorado por la ciencia-ficción.
 
 
J.B.: Porque podríamos entender barbarie como fin del mundo, o en el sentido de fascismo, como una apropiación de ideas ecológicas a través de un sistema autoritario.
 
S.L.: El capitalismo puede funcionar muy bien con una regresión de la producción y del consumo, porque ello no impediría generar beneficios: cuanto más escaso es el petróleo, más beneficios obtienen las petroleras. Lo que ocurre es que cada vez hay menos gente que puede consumir petróleo. Lo mismo ocurrirá con la alimentación y los demás recursos. Así pues las agroalimentarias como Monsanto pueden seguir incrementando sus beneficios a la par que cada vez muere más gente de hambre.
 
 
J.B.: Frente a todo esto, por intentar imaginarnos un horizonte más cercano a lo que sería deseable alcanzar, ¿Cómo sería para usted una sociedad de decrecimiento?
 
S.L.: Una sociedad de decrecimiento sigue siendo algo por inventar, pero siempre se inventa en base a lo conocido, por lo que sería una sociedad más frugal, pero también de mayor “convivencial” [2]. En el fondo, todas las sociedades humanas han sido sociedades frugales, más o menos convivenciales en función de las estructuras de poder, las relaciones de poder. Así lo he visto yo en comunidades campesinas en Laos, otros lo han visto en Ladak (Tibet) por ejemplo. Sabemos incluso que en las sociedades feudales existían en las comunidades rurales ciertas formas de convivencialidad, de solidaridad. Eran sociedades sobrias. Debemos reencontrar un tipo de sociedad de este estilo, pero que será forzosamente diferente: podemos inventarla. Podemos encontrar una buena combinación, sin “volver a las cavernas”, que nos permita ser felices, pero por supuesto sin petróleo o con muy poco uso de petróleo y muchas más “riquezas humanas”. Creo que es totalmente posible reinventar nuestra sociedad, pero no es nada fácil porque supone una auténtica transformación de las propias personas.
 
Por otra parte, una feminista resaltaría también las relaciones de género y me diría que las sociedades a las cuales he hecho referencia eran en general sociedades patriarcales, en donde las mujeres eran quienes pagaban el precio de la convivencialidad. Por lo tanto todavía nos quedaría invertir sociedades que además de sobrias y convivenciales, no sean machistas y sean verdaderamente democráticas. La verdadera democracia está todavía por inventar: quizás nunca lleguemos a realizarla del todo, pero ése debe ser el horizonte.
 
No obstante, en lo concreto, sí tenemos pequeñas experiencias que nos pueden servir de argumento o de escenario ejemplar. Estoy pensando en lo que ha pasado en Bolivia, en la Cochabamba: el dominio del agua por parte de las empresas transnacionales. Esto es típicamente “ecofascismo”: las compañías multinacionales de agua dicen “gestionamos la escasez de agua y resolvemos el problema”, sin embargo, en cuanto la empresa Bechtel ha comprado las empresas que el Gobierno boliviano puso en venta, el precio del agua se multiplicó por 300, es decir que los propios habitantes de Cochabamba ya no podían ni vivir. Por ello se generó muy rápidamente una revuelta cuyo resultado ha sido la puesta en marcha de una especie de sociedad de decrecimiento: una sociedad de reparto y de sobriedad porque el agua, aún convertida en pública y en bien común, no es ilimitada. También existía ahí un conflicto entre rurales y urbanos, puesto que el agua era tradicionalmente utilizada para el riego por parte de los campesinos, pero a medida que crecían las ciudades, más hondo cavaba la gente pozos en la ciudad para acceder al agua. Aquí es necesaria una gestión democrática del agua, y éste ha sido uno de los mayores problemas de coordinación en Bolivia. Es un buen escenario de decrecimiento frente a barbarie.    
 

[1] La traducción literal sería “metro-curro-catre”. Es una expresión francesa que sirve para resaltar la falta de tiempo libre en la sociedad moderna. Una expresión similar en español sería “del trabajo a la cama y de la cama al trabajo”

[2] Nota del traductor. El adjetivo “convivencial” es definido por Ivan Illich de la siguiente forma: “Llamo sociedad convivencial a aquélla en que la herramienta moderna está al servicio de la de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta. Al hombre que encuentra su alegría y su equilibrio en el empleo de la herramienta convivencial, le llamo austero” (en Illich, I. (2006) Obras reunidas: La convivencialidad. México: FCE).

Fuente: http://economiacritica.net/web/index.php?option=com_content&task=view&id=195&Itemid=38