Nigeria, el asesinato como institución

Publicado: agosto 16, 2012 en VÍCTIMAS Y VERDUGOS

Por: EL PAÍS | 15 de agosto de 2012

Autor invitado: Chido Onumah (*)

Traducción de Virginia Solans. Ver original en inglés aquí

Pasaron varias semanas hasta que me enteré de que un antiguo compañero había fallecido en el accidente de un avión de Dana Air que se estrelló el pasado 3 de junio. Me causó una gran tristeza pensar que decenas de nigerianos inocentes de todas las clases sociales habían muerto en un suceso tan espantoso. Pero aún me resultó mucho más triste saber que una de las víctimas era alguien a quien había conocido y con quien había trabajado. Al fin y al cabo, ¿no somos todos víctimas? Comentaré este asunto más adelante. Aun se desconocen las posibles causas del accidente. Pero espero que cuando el jurado emita su sentencia y aparezcan posibles evidencias de que el avión se estrelló por culpa de una negligencia de la compañía, las autoridades aseguren, por el bien de los fallecidos en aquel fatídico día, que los responsables sean castigados como corresponde.

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El presidente Jonathan Goodluck llorando en el lugar del accidente. Fotografías de Reuters/AFP.

El accidente del avión de Dana Air ha provocado tal angustia y empatía entre los nigerianos como pocos otros sucesos anteriores. Quizá ello ha tenido que ver con el perfil de los pasajeros que viajaban en aquel fatídico avión. O con la cantidad de historias de interés humano que se han conocido. Tal vez ha sido porque hemos sido testigos de un nuevo accidente de avión después de la racha que padecimos a principios de 2000. Y sin embargo, todo el alboroto que se ha formado desaparecerá. El asunto se olvidará y la historia lo borrará de su memoria tal como sucederá con los cuerpos destrozados de las víctimas del siniestro de Dana.

 

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En Nigeria nos hemos acostumbrado a presenciar la muerte. Aquí la vida humana no vale nada. Y la muerte, aun siendo algo terrible, se ha convertido en “una de esas cosas” con las que tenemos que convivir. El otro día sin ir más lejos, una torre de alta tensión se desplomó en Ibadan, la capital del estado de Oyo, causando la muerte de siete personas. Cientos de nigerianos han muerto extrayendo queroseno y petróleo de los pozos y los gaseoductos carentes de mantenimiento. Decenas de nigerianos mueren cada día por la explosión de una bomba y en accidentes de tráfico. Multitud de mujeres mueren cada año al dar a luz. Para millones de niños nigerianos, “su futuro es un ataúd del tamaño de su cuerpo porque no tienen acceso a las vacunas más básicas”.

La esperanza de vida en Nigeria (47 años) es, según los expertos, la más baja entre los países de África occidental. El doctor Abdulsalam Nasidi, profesor de Virología humana y biotecnología y director de proyectos, afirmó recientemente: “Uno de cada cinco niños muere de polio y otras enfermedades infecciosas antes de cumplir cinco años. Nigeria es uno de los cuatro países donde la polio es todavía una enfermedad epidémica”.

Queda pues claro que todos somos víctimas. Victimas de un estado que ha institucionalizado el asesinato. Uno de los análisis más interesantes que he leído sobre el accidente del avión de Dana Air es el del profesor Pat Utomi titulado “Un accidente como síntoma”. La idea central del análisis de Utomi es que “el accidente (de Dana) es solamente un síntoma de una grave enfermedad que, al igual que el cáncer cuando presenta metástasis, se ha extendido a cada una de las partes que componen nuestro país. El problema de Nigeria es que vive negando el fracaso del país como estado”.

Resulta duro decirlo pero la realidad es que Nigeria es un estado desmoronado. Y cuando un estado fracasa como Somalia, por ejemplo, ya nadie se preocupa de si las leyes funcionan bien o mal. Solamente tenemos que observar el día a día para apreciar el colapso de la ley y el orden. Algunas personas se sienten incómodas cuando se compara a Nigeria con otros países. Sin embargo, yo no comparto esa apreciación. Creo que Nigeria ha sido bendecida con recursos humanos y materiales y no hay ninguna razón por la que el país tenga que encontrarse en una situación como la actual. Pero parece como si el resto de África estuviera manteniendo a nuestra querida nación y estuviéramos a la cola del resto de los países de África.

Recientemente estuve en Kenia en un viaje de estudios organizado bajo el patrocinio de la John Hopkins University School y la Fundación Bill & Melinda Gates. El viaje fue muy instructivo en muchos aspectos. Kenia y Nigeria tienen muchas cosas en común especialmente cuestiones como la corrupción, la violencia política y el terrorismo, así como profundas divisiones étnicas y culturales. Sin embargo Kenia es un país que reconoce que tiene serios problemas y parece realmente comprometido a enfrentarlos.

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Una de las tardes la dediqué a buscar grupos electrógenos en Nairobi y mi guía keniata, un redactor de Nation, el mayor periódico de África central y oriental, no podía contener su perplejidad. Mi guía me dijo que en Kenia no tienen problemas de cortes de luz por lo que no necesitan grupos electrógenos. Cuando le expliqué la situación por la que atraviesa Nigeria, lo único que pudo mascullar fue: “amigo mío, tendríais que echar a alguien”. ¡Ojala que nuestro único problema fuera simplemente echar a alguien! Al parecer, a los habitantes de Kenia los avisan si se produce un corte de luz durante al menos una hora. Algunas de las cosas que me explicaron sobre Kenia me hicieron pensar que tengo razón cuando pienso en mi teoría sobre el desmoronamiento de Nigeria como nación.

Durante los diez días que permanecí en Kenia no escuché un solo sonido de sirenas. La ley solo permite al presidente del país utilizarlas. Otros de los grupos que tienen permiso para ello son las ambulancias y los vehículos de emergencia como los camiones de bomberos. Esta es la primera lección que los keniatas aprenden cuando van a la autoescuela. Algo así es inconcebible en Nigeria. Sus habitantes tienen que soportar todo tipo de brutalidades. Además, se producen numerosas muertes causadas por los innumerables convoyes que conducen a una velocidad suicida.

Al presidente de Kenia, Mwai Kibaki, la universidad Makerere University de Uganda le ha concedido recientemente un doctorado honoris causa. Fue allí donde se licenció en Económicas en 1955 con un expediente académico brillante pero en ningún caso hace ostentación de su “doctorado”. En Nigeria, cualquier payaso que puede pagar sus estudios es “licenciado en cualquier cosa”. El presidente Kibaki pilota aviones comerciales como los de las líneas aéreas de Kenia, una de las compañías lideres de África con más de sesenta destinos a todo el mundo. En Kenia, el alumbrado público funciona, las carreteras son transitables y sin embargo, abunda la corrupción. La diferencia estriba en que cuando en Nigeria los políticos y los funcionarios roban fondos públicos lo hacen como si no hubiera un mañana. Como si fueran los colonizadores.

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A pesar de que el idioma oficial de Kenia es el inglés, tienen además una lengua nacional (swahili) y una constitución completamente nueva cuyo espíritu es incluir los numerosos desafíos de la sociedad keniana incluyendo seguros para un 35% de sus habitantes. Kenia exporta té y flores. Gran parte de sus ingresos dependen del turismo así que los kenianos se preocupan por cuidar lo mejor posible su país. Nigeria está en la otra cara de la moneda. Es el primer productor de petróleo de África subsahariana y sin embargo tiene que importar productos refinados del petróleo porque las cuatro refinerías del país están paralizadas.

Cuando mi guía y yo terminamos con las comparaciones entre Nigeria y Kenia llegamos a la conclusión de que “son dos países diferentes dentro de todo el continente africano”, lo que significa que a los ojos de África occidental, puede ser que seamos “los países más desarrollados”. No podría estar más de acuerdo. Si bien es cierto que algunos otros han hecho progresos importantes. Kenia es un país moderno. Y una sociedad en la que existen unas reglas de compromiso entre los ciudadanos y entre el gobierno y sus ciudadanos. Todo lo cual confirma dichas cualidades.

Aun así y aunque hay que estar muy seguro para hacer una afirmación como esta, no puedo decir lo mismo sobre Nigeria. Las cifras hablan por sí solas y estos son algunos de los ejemplos: el mantenimiento de la flota de aviones del presidente nigeriano costaba cien millones de euros mientras que el presupuesto total para la industria de la aviación era de casi ciento diez millones de euros. ¿No resulta pues sorprendente que se destine a la aviación comercial una cantidad tan pequeña? Recientemente cayó en mis manos un documento de la Comisión nacional de universidades en el que se publicaba una lista de las cuarenta y cuatro “universidades falsas” que hay en el país. Es decir, en total representaban un tercio de las universidades “auténticas”. ¡Y solamente en Nigeria!

Creo recordar que fue el revolucionario cubano Fidel Castro quien en cierta ocasión dijo “en un país donde no hay leyes, no es legal ser respetuoso con la ley”. Me parece que Nigeria ha hecho suya esa frase. Nuestro presidente afirma que no tiene ninguna intención de declarar públicamente sus propiedades y que le importa un bledo el derecho de los nigerianos a conocer el valor de los mismos, a pesar de que un gesto tan sencillo como ese pudiera aumentar la transparencia política y cambiar nuestra forma de pensar sobre la corrupción.

Y tal como ocurre con la educación, lo mismo pasa con la sanidad. Aunque contemos con la NAFDAC (Agencia Nacional para la Administración y Control de los alimentos y los medicamentos), sus informes confirman que entre el 70 y el 80 por ciento de los medicamentos que se venden en Nigeria son falsos. Y en este sentido, son numerosas las historias que nos cuentan sobre presuntos “médicos” indios que operan en clínicas de lujo de la capital, Abuja, a mujeres nigerianas asustadas y estafadas a las que les habían “diagnosticado” un tumor. Si se instalan médicos y hospitales en nuestras calles sin ningún tipo de trabas, podemos por tanto deducir que también los legisladores, los profesores, los policías, los jueces, los contratistas, los funcionarios, etc. son falsos. En resumidas cuentas, no hay nada que funcione en Nigeria. Ni un gobierno de ahora o uno del pasado. Ni tampoco ninguna institución, desde la presidencia a los ayuntamientos.

Cuando un país actúa con negligencia y asesina a sus propios ciudadanos, ese país no es otra cosa que un estado fallido.

(*) Chido Onumah es periodista nigeriano y autor del libro “Time to reclaim Nigeria”. Ensayos 2001-2011. Es uno de los doce periodistas internacionales que participó este año en el proyecto del International Reporting Project en Kenia, al que también estuvo invitado El País Semanal. Onumah dirige el African Centre for Media & Information Literacy (AFRICMIL).

 

http://blogs.elpais.com/africa-no-es-un-pais/2012/08/nigeria-estado-fallido.html#more

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comentarios
  1. gold price dice:

    Un alto funcionario estadounidense expresó sus condolencias al pueblo de Nigeria este lunes, luego de que más de 150 personas murieran cuando el avión en el que viajaban se estrellara en un barrio de la ciudad de Lagos.En la apertura de conversaciones bilaterales de dos días en Washington, el secretario de Estado asistente Bill Burns dijo que la reunión se realiza en medio de “un acontecimiento triste y trágico”.”Permítanme reiterar nuestras profundas y sinceras condolencias a las familias y amigos de quienes perdieron sus vidas en el terrible accidente aéreo de ayer en Lagos”, declaró ante el foro patrocinado por el Instituto estadounidense para la paz.El avión nigeriano que se estrelló en la mayor ciudad del país, provocando la muerte de las 153 personas a bordo, registró fallas en los dos motores antes de precipitarse a tierra, informó el lunes el titular de la aviación civil nigeriana.

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