Vivir en una chabola

Publicado: agosto 9, 2012 en EXCLUSIÓN SOCIAL
06.08.2012 · · Javi Julio · Euskadi
Desde la entrada de Rumanía en 2007 en la Unión Europea, la población de migrantes de este país en Euskadi se ha cuadruplicado, convirtiéndose en la segunda población extranjera más importantes, por detrás de la marroquí
Visitamos un asentamiento chabolista en el que sobreviven adultos pero también ancianos y niños como Rosana que recuerda como en una inundación reciente, con ellos, huían los ratones.

En la chabola de Sorina y Marcel hace mucho más calor que en la calle. Tampoco cuesta mucho calentar un hogar de 3 metros cuadrados. Dos camas, una pequeña mesa donde hay algunos platos y una cocina de dos fuegos. En las paredes, adornos de la pasada navidad, una gran foto y un reloj. La ropa recién lavada colgada de unas cuerdas mezcla el olor a suavizante y humedad.

El horno, encendido y entreabierto, hace las veces de estufa, y dentro, se secan unos zapatos. Son las nuevas adquisiciones. Hace unos meses tuvieron que salir con lo puesto tras las inundaciones, y perdieron todo lo que tenían, ya que la mayoría de las chabolas están al lado del río. Vieron como sus pocas posesiones y recuerdos eran arrastrados con fuerza por la crecida del río, mientras escapaban con el agua a la altura de las rodillas. Rosana, la niña, me dice que con ellos huían los ratones, que es como ella llama a las ratas que corretean alrededor de las chabolas. Es ella quien ayuda con las traducciones mientras apunto frases en el cuaderno.

Tras pasar dos días durmiendo en el frontón de Astigarraga, volvieron a reconstruir el asentamiento, esta vez, con los restos de los vecinos del pueblo, también afectados por las riadas. Rosana tampoco faltó a la ikastola (escuela que enseña integramente en euskera) donde acude diariamente.

Marcel, su padre, llego a Gipuzkoa hace 5 años, y tras él y a los pocos años, su mujer y su hija más joven. La mayor ya vivía en Madrid y fue allí donde su marido la asesinó. “En Torrejón”, me dicen, “Fue el 4 de abril, ¿lo viste en la tele?”. Me explican con gestos y con un castellano muy básico que su marido la estranguló. Tenía 19 años y estaba embarazada de 5 meses.

Tras ahorrar para poder pagar los 120 euros por persona y tras un viaje de más de 2500Km en autobús, llegaron a Euskadi. “Aquí bien, no me gusta Francia, aquí gente es mejor”. Me confiesa Marcel. “¿Y por qué es mejor?” le pregunto. “Aquí gente no insulta en la calle”.

Dice que aquí, si a alguien a su paso no le gustan los rumanos, tan solo le señalan y cuchichean. “Aquí gente es mejor, no me gritan, tienen buen corazón. Cuando busco en basura gente pregunta: ¿Se lo quiere llevar?”. Se disculpa por no hablar mejor. Le gustaría poder relacionarse con la gente, para poder practicar mas castellano. Lo que sabe lo aprendió acudiendo a clase de la Cruz Roja y en la Escuela para adultos de Hernani. Ahora sonríe y se le ilumina la cara cada vez que Rosana, su hija, me traduce.

En Rumanía vivían con varios de sus hijos en una casa de alquiler. Marcel trabajaba en una fábrica como soldador hasta que cerró hace unos 15 años. Desde entonces, se dedica a la chatarra. “Pero en Rumania no hay nada, ya no hay chatarra”. Aquí, con suerte, pueden conseguir 30 euros cada tres o cuatro días, y con ellos comprar comida o butano. El resto de sus hijos, mayores de edad, viven en Rumanía pero no trabajan, “No hay trabajo, no hay nada”.

Al igual que ocurre en muchos lugares, en Rumanía la gente no contrata a personas mayores de 40 años. Y menos aún si eres negro, como se les llama a los romi, los gitanos rumanos.

Le digo que quiero fotografiar el lugar en el que viven. Sorina sonríe y pide permiso para recoger dos platos que hay encima de la mesa, “Son de la comida y están sucios. Ahora ya puedes hacer foto”.

La chabola de Burcha no es mucho más grande, pero sí hace más frío. Se le acabó la bombona de butano hace unos días y no tiene dinero para cambiarla. Tiene dos colchones a cada lado y una bombilla apagada. Tampoco hay gasolina para encender un generador comunitario.

Encima de un colchón yace su marido enfermo. Señala una zona indeterminada entre el estómago y los pulmones y dice que en unos días tiene una revisión médica. Al día siguiente volverán a Alba, una montañosa región de Transilvania de donde son la mayoría de ellos. No quiere volver, pero aquí no logra encontrar trabajo y vive de lo que puede mendigar por la calle, a veces en Hernani, otras en Donostia… Tampoco habla bien castellano, a pesar de llevar varios años moviéndose con su marido y sus hijos por varias provincias: han estado en Cantabria, Navarra y Gipuzkoa. Apenas si ha tenido relación con la gente de los lugares por donde ha pasado.

Sorprende la tranquilidad con la que dice que no tiene nada ni nadie que le espere en Rumania, mientras apura las últimas caladas de un cigarro. Sólo se encoge de hombros y dice que vuelven. “No gusta vivir así”.El largo peregrinaje de los Romis a través del Urumea comenzó hace unos 6 años aproximadamente. De unas pequeñas casetas formadas por tablas a la altura de las vías del Topo en la parada de Loiola, pasaron a ocupar la casa de Arruabarrena, una villa abandonada en el vecino barrio de Txomin. La gran cantidad de basura acumulada y los malos olores provocaron las quejas de los vecinos y el consiguiente derribo del edificio.

No muy lejos de allí, se encuentra el antiguo instituto de Martutene. El que llegara a ser candidato para albergar el Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, llegó a tener en su interior a al menos un centenar de gitanos rumanos, entre los cuales se encontraban niños y ancianos. Volvieron a ser desalojados de nuevo. Las quejas de los vecinos entonces también fueron las mismas que en la anterior ocasión: malos olores y continuos ruidos de golpes. En ninguno de los casos anteriores se refirieron ni se denunciaron problemas de convivencia con la gente del barrio.

Siguiendo las vías del tren, paralelas al río Urumea, y a unos cientos de metros de distancia del instituto de Martutene, se encuentran varias fábricas abandonadas: un pabellón de Iberduero y la empresa Bostak. Estas fueron ocupadas de forma temporal también, hasta que le tocó el turno a la antigua fábrica de Azkar, formando durante dos años aproximadamente lo que fue el mayor asentamiento de Romis de toda la provincia de Gipuzkoa.

Desde hace siete años, todos los martes, Mikel Goenaga, párroco de Astigarraga y voluntarias de Cáritas de la localidad, reparten productos de necesidad básica provenientes del Banco de alimentos, de fondos de la Unión Europea y de la propia Cáritas. Han elaborado un registro, que hace las veces de censo, en el cual, alrededor de 50 personas, algunas individuales, otras representando a familias de varios miembros, acuden por su ración semanal: huevos, aceite, pasta o jabón. La mayoría de personas que son atendidas por este servicio son los propios rumanos. También acuden ecuatorianos, búlgaros y algún local aunque de manera excepcional.

Goenaga es crítico con cómo se hicieron las cosas con el desalojo de Azkar, la empresa ocupada. Entonces, una denuncia del ayuntamiento de Astigarraga, seguida de una investigación de Osakidetza, llevó a descubrir un brote de tuberculosis. Una vez emitido el informe, el protocolo de actuación de Osakidetza hace el resto, y se inicia su desalojo. Para entonces, se calcula que alrededor de 18 personas están incubando la cepa de la enfermedad, teniendo que acudir a los centros de Hernani y Astigarraga a por la medicación. Alrededor de un centenar,  de nuevo niños y ancianos, vivían de manera regular en el interior de la fábrica, donde se habían construido pequeñas chabolas.

Al día siguiente del desalojo del enésimo asentamiento, con las ruinas de la antigua fábrica aún humeantes, lo que para las autoridades es un problema ya resuelto, para los rumanos desalojados no es si no otro nuevo día en busca de un lugar para dormir, otra vez, no muy lejos del anterior, y de nuevo junto a las riberas del Urumea. Varios de los que pasarán esa noche al raso, sin muros que les protejan y con sus pocas pertenencias en carros, comenzarán al día siguiente a buscar materiales para construir las que serán sus actuales hogares.

“Lo que no se puede es mantener constantemente toda la basura que tienen alrededor” dice Goenaga al hablar sobre el asentamiento bajo la autovía del Urumea. “Hace que la gente sea reacia a tratar con ellos”. Cree que mantener el lugar lleno de basura es responsabilidad de los propios rumanos, aunque también reclama una mayor implicación por parte del ayuntamiento de Astigarraga. “Un contendor para ir vaciando el lugar de basura vendría bien”.

En 2007, Rumanía y Bulgaria entraron en la UE. La población de migrantes de origen rumano, se ha cuadruplicado, al pasar de 874 personas en 2005, a 4.096 en 2009, según datos de Ikuspegi, el Observatorio Vasco de Inmigración, lo que supone un incremento de un 368%. A partir de 2008, y con 15.217 personas censadas, la población rumana es la que adquiere el primer lugar en importancia en Euskadi, por detrás de la marroquí. Muchas de las personas que habitan en este asentamiento sobreviven gracias a la mendicidad. Otros, de comerciar con la chatarra.

Los servicios sociales de Astigarraga no pueden trabajar con las personas del asentamiento, “Necesitamos que estén inscritos en el padrón para poder comenzar a trabajar con ellos”, confiesa Lorena Lopez, técnico del servicio de Asistencia Social. “Ha habido casos extraordinarios” declara, como fueron las inundaciones de hace unos meses, donde la Guardia Municipal se presentó en el lugar para evaluar la situación. Al tratarse de este tipo de urgencias, si se puede intervenir, “pero no se puede hacer mucho más”. Tienen conocimiento de que al menos una familia con una niña que acude a una ikastola de Hernani, ha tomado contacto con los servicios sociales, para gestionar el padrón.

A nivel político, ha habido contactos con el ayuntamiento de Hernani y con la Diputación, que es a quien le corresponde la actuación con este tipo de colectivo “Sabemos que están en el límite del término municipal, que van y vienen constantemente.”

El Gobierno Vasco ha comenzado a realizar estudios sobre los asentamientos de gitanos rumanos de Euskadi, aunque todavía no existe un plan de actuación concreto. “En Rumania no hay dinero, no hay nada”  repite Cosmin. Dice que aquí la gente le conoce y le ayuda, dándole lavadoras, piezas, para que pueda desmontarlas y vender el cobre, aluminio…  A sus 32 años, su cara no se corresponde en absoluto con su edad. Sale de la chabola donde vive con su mujer, y donde ésta intenta protegerse del frío a la luz de la llama de un camping gas.

Mientras habla,  confiesa que tiene miedo. Dice que si la gente ve las fotos del lugar, lleno de basura y donde las ratas campan a sus anchas, les volverán a echar. “¿Y qué harás entonces?” Le pregunto, “¿volverás a Rumanía?”. “No” me responde con una mueca entre la sorpresa y la sonrisa. “Buscar otro sitio cerca de aquí”.

http://periodismohumano.com/economia/vivir-en-una-chabola.html

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