Máscaras mexicanas*

Publicado: mayo 18, 2012 en OPINIÓN

Por: Omar Taupier

La violencia no necesita mostrarse caminando de la mano con la muerte. Esta premisa puede pasar desapercibida en un país donde el conflicto interno se cobra miles de vidas al año, y en el que, en muchas ocasiones, quitar la vida es un mero trámite, pues la esencia de su violencia no es la muerte, es la crueldad. En México la muerte no tiene dónde ocultarse, pero siempre sale a pasear con la máscara de la violencia puesta.

Hace unas semanas apareció una foto de esas que se quedan en la retina, pues uno piensa que ha sido tomada a inicios del siglo XX y se resiste a ver en ella el lado más perverso del “civilizado” presente. México era nuevamente protagonista de la violenta imagen: nueve personas colgaban de un puente con una soga atada al cuello, inertes, luego de haber sido torturados por “Los Zetas”, una de las bandas narcoterroristas más violentas que existen. De la anterior ola de secuestros que afectó fuertemente a la sociedad mexicana en décadas anteriores se ha pasado a una afrenta directa entre el narcoterrorismo y el Estado, en el que el primero parece seguir siendo el ganador.

¿Pero es este acaso el único indicio de violencia que se puede ver en México? Un país que, a pesar de seguir gozando de una economía saludable, desconfía de todo, pues en las calles solo ha encontrado muerte; en los medios, vergüenza; y en sus políticos, corrupción; habla de síntomas de un país, por lo menos, agobiado.

A inicio de semana las noticias sobre el debate presidencial solamente hablaban de una mujer, y no era Josefina Vázquez, la primera mujer que candidatea a la presidencia mexicana por el Partido Acción Nacional (PAN), sino Julia Orayen, que con solo quince segundos de proporciones arrasó con dos horas de “propuestas”, convirtiéndose en la “ganadora” indiscutible del debate. “Yo solo llevaba la urna”, dijo Orayen, pero para los ojos de los enloquecidos televidentes e instantáneos twitteros la única urna era ella.

Octavio Paz, sobre el lenguaje popular en México, mencionaba que “el mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no “rajarse”, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El “rajado” es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”, herida que jamás cicatriza”. En un país marcadamente machista la forma más sutil de sabotear a la mujer candidata solo podía ser a través de otra mujer.

Días previos, TV Azteca, uno de los dos conglomerados mediáticos más importantes de México, se negó a transmitir el debate presidencial,  pues afirmaba que no le daba rating y que prefería mostrar un partido de fútbol del torneo local. Nada obliga legalmente a TV Azteca a transmitir el debate, pues dicha decisión recae en el estado de ánimo del presidente del Grupo, Ricardo Salinas Pliego, quien se manifestó a través de Twitter: “si quieren debate véanlo por Televisa, si no, vean el fútbol por Azteca. Yo les paso los Ratings el día siguiente”. La corrupción entre los “políticos” – o los profesionales de los negocios públicos, como les llamaba Paz- tiene a un aliado poderoso en los empresarios de medios de comunicación cuyo único compromiso es con el rating.

La peor parte de todas estas formas de violencia -que a veces no son otra cosa que el preludio a la muerte- siguen recayendo en el mexicano medio, la mujer mexicana estereotipada y violentada, el periodista asesinado, y el mexicano medio acostumbrado a la cultura “TV Azteca”. El ciudadano, como siempre, lleva la peor parte, pues en los medios se salta del debate al “debate sobre el debate”, en el que las curvas y el fútbol cobran más sentido que las propuestas que afectarán las vidas de millones de mexicanos.

http://www.coherencia.pe/conv/mascaras-mexicanas

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