Los migrantes que no importan

Publicado: junio 11, 2011 en Libros, MIGRACIONES

Autor: Óscar Martínez

Editor: Icaria

Fecha de publicación octubre 2010

Colección: cuaderno de crónicas

Le aplicó unos golpes decididos con su llave, contra el tablero, y aspiró el polvo blanco.

Atrás, Pablo ya succionaba la garrafa de tequi la trasegada, con la desesperación con la que un maratonista se empina una botella de agua.

Ahí estábamos, con las puertas abiertas para que corriera el aire de lluvia que nos salpicaba.
Los dos juntadores de migrantes y yo.

Hablamos de cosas cotidianas. Eliazar, de sus hijos y sus mujeres. Pablo, de su ciudad natal, mucho más al sur de donde pasábamos la tarde. Pero esa conversación se gastó, porque
el camino y su abyección daban más de sí. Y los dos hombres empezaron aquella charla que para mí pareció un parlamento encriptado.

Que si la ruta del Atlántico traía mejores clientes, porque llegaban más cansados y bajos de moral, y solo querían cruzar la frontera, como fuera, que si por El Cerrito ya no se podía pasar, porque muchos halcones del narco echaban un ojo por esos lares.

Pero entonces se abre una brecha más al oeste, para entrar a Estados Unidos, porque nadie quiere adentrarse en el este donde mandan Los Zetas. Que Sonoíta, que El Sásabe, que Tenosique, que Coatzacoalcos.

¿Qué cara jos era todo aquello?

Yo había empezado en mayo de 2006 a recorrer las rutas del migrante centroamericano por México. Lo hacía de vez en cuando, en los momentos en que la rutina de la cuenta banca ria me lo permitía. Y todos esos meses de nada me sirvieron para aportar un par de palabras y entrar a jugar, un año des pués, aquel ajedrez de rutas y personajes que Pablo y Eliazar disputaban.

Seguro pude haber matizado y justificarme diciéndome que llegué a México por hartazgo, sin un plan, porque no que ría volver a la redacción del diario donde trabajaba en El Sal vador, cada día por las mañanas, a ver qué perogrullada dijo el político de turno para escribirla en un titular. Pude argüir inexperiencia y recordar que llegué pensando que era un pe riodista freelance y después me pregunté ¿qué carajos es eso? ¿Cubrir un día un partido de fútbol, otro día una masacre del
narco y al siguiente ir a buscar migrantes? ¿Saber un poquito de un montón de cosas?
Y aquella misteriosa tarde se echó a perder. Mejor me tapé la boca con el pico de la garrafa de tequila y me conformé con parecer un neófito en el desierto.

Pero recuerdo que me pro metí que nunca más.

La rutina continuó. Salí de ese pueblo, llegué a una capital de un estado y volé a la capital del país. Y ahí, sin desierto y sin lluvia y con ron en vez de tequila, le dije a mi hermano Car los que aquello se había acabado y que de ahora en adelante ni partidos de fútbol ni migrantes de vez en cuando. Estaba empecinado en que a la próxima yo también hablaría en el desierto y me sacaría la espina y conocería las rutas y a los personajes. Y Carlos, como siempre que le he planteado una
locura periodística, me dijo que por supuesto. Entonces, todo se encadenó poco a poco. Conversé con un fotógrafo, que raro era que aquella noche no estuviera entre mi hermano, el ron y yo. Recurrí a El Faro, ese periódico digital salvadoreño al que todos los de mi quinta recurrimos cada vez que pensamos que lo que haremos está bien. Y ahí hablé con el director al que siempre recurrimos porque cuando pensamos en ese periódico pensamos en él. Y él me puso en contacto con el gerente general, que se deja la vida en transformar las ideas en presupuestos viables. Y vino una organización internacional que –claro- lo vio viable. Y llegó el dinero. Y también llegó el fotógrafo, con todo el peso de su organización que traería más fotógrafos. Y nos encontramos en la capital del país, con un boleto para volar a la capital de un estado y de ahí salir rumbo a esos pueblos y empezar la ruta del migrante centroa mericano. Y nos olvidamos de cualquier partido de fútbol, porque durante un año repetiríamos la rutina que habíamos empezado. Y es que este camino hay que caminarlo porque huele, suena y está repleto de recodos.

Entonces no hubo excusas. Había que meterse en el cami no y mojarse en consecuencia con el chaparrón. Entramos en esa ruta Atlántica de la que Eliazar y Pablo hablaron en el desierto, y vimos a muchas víctimas de secuestro.

Y des cubrimos que Los Zetas es el nombre del miedo en esta ro mería. Nos dimos cuenta de que si no retirabas la mirada de este camino, él seguiría descubriendo las oscuras esquinas que lo componen.

Íbamos y volvíamos de esta ruta a la otra y la barbarie era estruendosa. “Siempre pasa, siempre, a todas horas, y todos lo saben, lo que ocurre es que esta gente no importa en este país”. Y es cierto, todos los que habitan en medio de esta crisis humanitaria que medio millón de centroamericanos sufren cada año y que se oculta entre vías, matorrales y albergues lo saben. Eso nos dijo un sacerdote al que una vez todo un pue blo quiso quemar por decir ese tipo de cosas. Y él sigue ahí, y dice lo mismo cada vez que puede.

Y volvíamos a la capital del país, a ordenar lo que habíamos visto: testimonios de migrantes, secuestradores de esquina, pueblos condenados al silencio, narcos omnipotentes. Y cuan do regresábamos de la recolección con un pequeño resplandor de esperanza registrado en nuestras libretas y cámaras, como aquel sacerdote y otras pocas personas, el siguiente viaje lo apagaba con un acto de barbarie: mujeres violadas frente a sus familias, hombres mutilados por el filo de machetes, cuerpos rebanados, gente que huye de la muerte que su lugar natal les ofrece, policías delincuentes, violadores, asesinos, gente que viaja en techos de trenes vacíos. Heridas, llagas, secuelas, cadáveres.

Ahí pasamos un año, en aquel chaparrón que nunca amai na. Y nos mojamos, aunque hubiéramos debido mojarnos más.

Y esta es la compilación de crónicas que fui sacando del cami no y publicando en El Faro. Las arreglamos, las ampliamos, construimos algunas más con el editor de este libro y las or denamos de sur a norte, para que alguna sensación de viaje le quede al lector. Porque este es un viaje y en cada estación hay una dosis de podredumbre. Cada una tiene su particularidad.

En una los asesinos son unos hombres, en otras una organi zación de hombres, en otra un río, un muro, un desierto, un Estado haragán y displicente en todas. Ahora pienso que si tuviera que volver a aquel desierto, si pudiera rebobinar el tiempo y regresar a la charla con Eliazar y Pablo, quizá diría algo breve para no quedar como un igno rante, pero seguro que luego me taparía la boca con la garrafa de tequila, porque siempre que he tenido que hablar del cami no desde que salí de ahí he terminado iracundo. Eso a pesar de que algo de él me atrae. Como un vicio con el dolor. Como quien se succiona el labio cuando tiene una herida, aunque sabe que eso arde y hasta provoca algo de rabia. Y solo espero poder regalarles un poco de eso.

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